Los frenos a la matriculación femenina en carreras técnicas

Los estereotipos sociales y la ausencia de referentes son el principal freno a la matriculación femenina en carreras técnicas. Y esto empieza en casa.

El término STEM engloba a los grados universitarios relacionados con las Ciencias, la Tecnología, la Ingeniería y las Matemáticas, ahora mismo en España, al igual que en todas las universidades que facilitan sus datos en el mundo occidental, existe una brecha de género que llega a ser del 20% de mujeres frente al 80% de hombres, cuando por norma general se encuentra a más mujeres que hombres en la comunidad universitaria.

Entre los 15 y los 16 años, cuando se toma la decisión entre el bachillerato técnico, el sanitario o el de humanidades, ciencias sociales o artístico, aún quedan muchísimas chicas a las que les gustan las matemáticas. Es esa la edad a la que asumen mayor responsabilidad en los cuidados del hogar, la carga doméstica de las adolescentes llega a doblar a la de sus compañeros de clase, y los chicos comienzan a trabajar fuera de casa de repartidores, en un taller, en una obra… Las chicas lo harán limpiando escaleras, cuidando niños o de camareras.

A los hijos se les dota de mayor confianza, y campañas publicitarias como la de la cadena de supermercados Carrefour “C de coqueta y C de constructor” contribuyen a este rol.

Hay padres que desaniman a sus hijas a que se matriculen en una carrera técnica excusándose en que son carreras largas y difíciles, cómo si un carrera corta y fácil garantizase un puesto de trabajo tras la graduación, y obviando que las mujeres superan en la nota de selectividad a los hombres y en la matrícula de los Dobles Grados.

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Cuando la mayoría son mujeres

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La Organización por la Seguridad y la Cooperación en Europa analizan el número de mujeres en las Fuerzas Armadas de 57 países.

Desde esa Organización se reconoce la necesidad de feminizar las instituciones de Defensa, los Cuerpos de Seguridad del Estado. Si algo tienen en común los países que forman parte de la OSCE, desde Albania hasta Uzbekistán es que cuando las mujeres están al mando, cuando forman parte de sus plantillas, se presta un servicio al conjunto de la ciudadanía más eficaz, y se previene el abuso de poder sobre la población civil. Por supuesto, se reduce el acoso sexual entre los miembros del cuerpo, pero sobre todo hablamos de representación.

La representatividad aumenta la legitimidad y credibilidad de las fuerzas armadas.

Cuando los órganos de poder se distancian de la sociedad, la toma de decisiones se vuelve opaca y elitista, insensible a los problemas reales.

En España, las denuncias de acoso sexual, violación, despidos a embarazadas, y persecución cuasi política a las denunciantes de violencia de género, que se han dado entre los cuerpos de seguridad hacia las mujeres de uniforme, aparecen y desaparecen de los titulares de prensa.

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Anónimo y pseudónimo son nombre de mujer

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📚FELIZ DIA DEL LIBRO Y DE LOS COMUNEROS DE CASTILLA📚

Hoy escribo en @el_plural #TribunaFeminista sobre las autoras anónimas y que usaban pseudónimo, también de pintoras a las que se robó su obra:

En la feria del libro del Retiro de Madrid o en cualquier otra firma de ejemplares, se encarnan las pasiones del fenómeno fan de los amantes de la lectura. También se refleja perfectamente el ego de quien crea escribiendo.

Para la mitad de la población, para las mujeres, recibir halagos por sus obras no es una recompensa suficiente para poner su nombre y su vida en juego al crear literatura, poesía o teatro.

Eso cuando es de forma voluntaria, y no nos enfrentamos a un robo “por su bien” como le ocurrió a Margaret Keane, cuya historia recogió el film Big Eyes.

Hay decenas de razones por las que una persona puede optar por publicar sin dar la cara, las mejores y más seguidas cuentas de Twitter no tienen nombres y apellidos.

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Tobilleras para terroristas

Durante el pasado verano las órdenes de protección a mujeres víctimas de violencia de género se han incrementado en un 16’1%. Por este tipo de protección a la mujer se engloba no solo la orden de alejamiento, también se prohíbe cualquier canal de comunicación, la suspensión del permiso de armas, arresto domiciliario, prohibición de regresar al lugar de la agresión, incluso medidas privativas de libertad.

Tras muchos años escuchando en las noticias, como la víctima X, Y, Z, había interpuesto denuncia y el agresor se saltó la orden de alejamiento, yo me pregunto para qué sirven en realidad.

Desde que el terrorismo de ETA pasó página, miles de escoltas se han buscado la vida siendo ahora, incluso de forma altruista, escoltas de mujeres que viven con miedo a que a pesar de todo aquello que representa el documento judicial, le espere su agresor en el portal.

Entiendo que un político tenga un escolta para prevenir un atentado contra su persona por la posición política que representa, tiene una amenaza real de agresión, y no le pone cara a su agresor. Puede ser víctima desde una banda armada que lleve planeando meses el atentado hasta un competidor político que decida ascender rápidamente.

Pero no se entiende la utilidad de estas medidas de prevención cuando una mujer pone cara, nombre y apellidos al agresor. Si se identifica a un terrorista que planea un atentado, o que incluso, ya ha sido detenido por manipular explosivos o difundir el ácido mensaje por la red, se le investiga, se le pone a disposición judicial, se le ofrece un juicio justo y es condenado.

Pero a un maltratador se le pide que se porte bien, le deje su espacio y no le pegue a la mujer que lleva meses, años, atormentando. Se confía en que no irá allí donde le han dicho que no debe ir. No se investiga atendiendo a la violencia sistemática que padecen las mujeres, no se le pone a disposición judicial con las medias oportunas, no se le ofrece un juicio justo a la víctima, y no es condenado el agresor. Simplemente parece que como el problema lo tiene con una única mujer, basta con que esa mujer este protegida de él. Como si se le pidiese a un terrorista que amenaza al Presidente del Gobierno que de Príncipe Pío a Ciudad Universitaria ni se acerque.

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Y son ellas, las que deben vivir con miedo a encontrarse con su agresor. Con un agresor que ha sido probado, ya que sin este paso previo no hay medidas cautelares ni medidas de protección. Esa mujer sabe que los investigadores y jueces de guardia saben que ese hombre la maltrata, y aun así, su mayor protección es un escolta para evitar que la apuñale por la calle, un pastor alemán o simplemente una pulsera que pita cuando está cerca (hay cerca de 3.000 dispositivos disponibles y sólo están activos 248), una pulsea que puede salvarle del abismo tanto como la power-ballance. He llegado a conocer a hombres orgullosos de su tobillera por GPS, porque él no es de los que las matan. Él tan solo vive su vida, firmando algún día en comisaría, y sin poder llamar por teléfono a una mujer que no quiere ni verle. Sin ser observado por un extraño en su casa, en su trabajo, o en la acera del colegio.

Como si ella fuese la culpable de la ira del agresor, y tan solo con evitarle volviese todo a la normalidad. Como si tan solo con cambiarse de ciudad y de corte de pelo pudiese dejar de tener miedo. Contamos con un sistema jurídico penal garantista enfocado a la reinserción. Pero solo el 1% de los maltratadores que no ingresan en prisión son condenados a un programa de tratamiento de intervención. Los agresores presentan una tasa de reincidencia en torno al 21-35% según le preguntes al agresor o a la víctima respectivamente. Y sin condena no hay posibilidad de reflexión, incluso con ella el 40% de los maltratadores niegan haber cometido un delito.

Por no hablar, que tan solo el 7’4% de los casos con hijos e hijas incluyó entre las medidas de suspensión la guardia y custodia, y un ridículo 3’1% representa suspensión del régimen de visitas.

Por lo que de nuevo, encontramos absurdeces en el protocolo. Un hombre en el que confías en que no se vuelva a acercar a la mujer a la que maltrata de forma probada con principios indiciarios suficientes para el juez, cuenta con plena confianza para que sus hijos y sus hijas, no corran ningún peligro, que ellos no serán víctimas de la misma violencia, o que no serán un medio para atormentarla.

¿Qué mandamiento gravado en piedra del monte Sinaí se está incumpliendo si un maltratador ingresa en prisión antes de tener una sentencia firme? ¿Cuántas muertes se hubiesen evitado con medidas más punitivas que la simple prohibición de acercarse a la víctima? ¿Cuántos niños y niñas más saldrán del territorio nacional sin consentimiento materno? ¿Cuántos niños y niñas más vivirán el chantaje y la presión misógina de su progenitor durante el régimen de visitas? ¿Cuántas más son suficientes para que no falte ninguna?

 

Los hombres que no quisieron acabar con el patriarcado

Les dijeron que podían llegar a ser la mujer que les diera la gana de ser. Que iban a poder ir a la Escuela y a la Universidad, que iban a tener una pensión justa. Apostaron por un futuro para sus hijas tan bueno como el que podían tener sus hijos.

A nuestras abuelas y a nuestras madres, que se dejaron la voz, las manos y las entrañas en un mundo de hombres, les prometieron los hombres de la Transición que lo mejor estaba por venir.

Y entonces se apostó por la incorporación de la mujer a la Universidad, y los hombres demócratas y progresistas se casaban con mujeres tan buenas como ellos, pero como el objetivo de la mujer en la Universidad es un prometido universitario nunca pudieron demostrarlo… Les prometieron una Constitución con la que podrían ser presidentas del Gobierno democrático y progresista, pero no hubo ministras.

Y entonces les dijeron que eran libres de trabajar, de tener una cuenta corriente sin la firma de un padre de familia, y los hombres demócratas y progresistas miraron hacia otro lado el día de paga, para ignorar así que las mujeres cobraban menos que ellos, y de nada les servía poder tener una cuenta corriente a su nombre, y nada podían hacer con esa miseria de salario por ellas mismas. Todo cuadraba para el patriarcado, les habían dado a las mujeres el velo de la libertad.

Y con esa libertad de la mujer para pasarse diez o doce horas fuera de casa y otras cuatro en casa fregando, el patriarcado se rascaba la barriga.

Y también les prometieron liberación sexual, una libertad para mostrar su cuerpo sexualizado, depilarse, maquillarse, operarse, y venderse… Libertad para tomar hormonas y más hormonas, en varios colores y con varios formatos, para que caiga sobre ellas la responsabilidad de la libre elección, libertad para jugarse la vida. Tuvieron que ponerse frente a una cámara las mujeres de la Transición para decir que ellas también habían abortado. Y ahora tienen que hacerlo para decir que ellas también han sido víctimas de chantaje y acoso sexual.

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En los últimos años, las nietas de aquellas manos, hemos sido protagonistas de una oleada de hombres progresistas que apuestan por la igualdad, muy sensibilizados y mucho sensibilizados en el  género y el poliamor. Que observan la lucha feminista con la misma óptica que Mayo del 68, con un elitismo en la Universidad de comprensión atendiendo a nuestras reclamaciones sin poder mirarte a los ojos. Muy indignados por la entrada gratuita a las mujeres en las discotecas de moda, pero incapaces de reconocer la desigualdad salarial que muestran todas las estadísticas europeas. Indignados todos ellos por la friendzone y las chicas que les dejan en visto el WhatsApp. Incapaces también, de programar la lavadora.

Nos explican por qué luchamos emocionados con la palabra igualdad en la boca y el respeto a todas las personas como alternativa al Feminismo que nosotras proclamamos.

Les mintieron. No somos libres. Nunca lo hemos sido. Ellos no pretenden que lo seamos. No lo han pretendido nunca.

Seguimos sufriendo el machismo cada día. Podemos trabajar, y sufrir de camino al trabajo acoso sexual en el trayecto, en el mismo puesto de trabajo por compañeros y superiores, y podemos, por supuesto, tener miedo de volver a casa solas. Ahora todo y nada ha cambiado, podemos ser diputadas autonómicas y que un hombre finja besarnos. Y también alcaldesas y concejalas, para que los empresarios y jueces de la ciudad nos pregunten si tenemos novio, nos digan lo buenas que estamos y que podemos hacer cosas.

Esas manos callosas que proyectaban voces indignadas en el Congreso (que sigue siendo solo de los Diputados) no imaginarían a sus nietas de vuelta en la calle, cortando Gran Vía, luchando por aquello que a ellas ya les habían prometido. La indignación por las decepciones cometidas contra nuestro género son desoladoras. Lo ocurrido esta noche frente al Ministerio de Justicia nos recuerda demasiado a las manifestaciones proamnistía por los delitos específicos (adulterio, aborto, prostitución) donde lo único concreto, es que los cometía una mujer pobre.

La violación es el acto más encorsetador que puede producir el patriarcado contra la mujer. Es una maquinaria del miedo. No afecta solo a las víctimas, nos afecta a todas las mujeres. Porque no depende de como vestimos, no depende de como hablamos, no depende de como caminamos, no depende de lo tarde que sea cuando volvemos a casa, ni de lo tarde que sea cuando salimos de casa, no depende de lo borrachas que vayamos, no depende de las drogas que tomemos, ser violadas no es algo que nosotras podamos controlar, no depende de nuestra clase, de nuestra formación, ocupación, ni de nuestra edad. Por lo que no tenemos una fórmula mágica para evitar una agresión sexual.

Ronda los 20 años, y se había creído las promesas de los hombres demócratas y progresistas sobre la libertad y el respeto a la mujer, por eso se atrevió a ejercerla, y caro ha pagado el precio de la cruda realidad: año y medio de prensa, de seguimientos, de amenazas, de pesadillas, de llanto, de miedo y de heridas, año y medio repitiendo lo que ocurrió en aquel portal frente a cejas que arquean y anotan. Pero no está sola. Las manos seguirán proyectando gritos de indignación, rabia y dolor, porque contra esto, que nos afecta a todas, seguiremos luchando por cada espacio, público y privado, en cada plaza, porque ya no creemos en las promesas de igualdad de quien estigmatiza el Feminismo.

Si el machismo y los valores patriarcales siguen instaurados y vestidos con togas escrutando la vida de las mujeres víctimas de agresiones sexuales, de violencia de género, de extorsión, de despidos nulos, y de explotación sexual y reproductiva, el Feminismo tomará las calles, y el miedo cambiará de bando. Yo sí te creo.

 

El feminismo no es esclavitud

<<Parece que el movimiento feminista está articulado por fin, que tienen claros sus objetivos de emancipación de la mujer, y parece que de una vez por todas han visto en el sistema capitalista y en la articulación del patriarcado su enemigo de clase y de género”. Pues vamos a dinamitar el buen rollito.
¡Vamos a empezar a dividir a las feministas! Vamos a hacer cuña en los feminismos, vamos a poner sobre la mesa el alquiler de vientres, la explotación sexual, la religión, la orientación del deseo, el lesbianismo, la desigualdad salarial, la feminización de la pobreza, la esperanza de vida, el servicio militar, los concursos de belleza, la custodia compartida, las denuncias falsas, el aborto, el feminismo de dos velocidades, “la mujer de la limpieza”, la baja por maternidad, la talla 36-38, las princesas, el príncipe azul, el-pene-con-vida-propia; ¡vamos a hacer de 50 sombras un Best Seller!, y así todas las mujeres querrán pulseras de platino y un cuarto de tortura en casa (también deben aceptar las de plata tibetana, ya sabéis, por eso del feminismo de dos velocidades).

Y vamos, nosotros, los hombres blancos, los hombres heterosexuales, los hombres ricos, los privilegiados, vamos a hacernos feministas, vamos a defender a las mujeres que libremente se arrodillan ante un bukake frente a cuatro ángulos de cámara Full HD, vamos a aplaudir a las trabajadoras sexuales del polígono Marconi que voluntariamente han entregado su pasaporte al proxenta, vamos a pedir nuestros niños por encargo a las universitarias que libremente deciden pagar así sus caras carreras universitarias, vamos a convencer a las futuras generaciones de que arrimar el-pene-con-vida-propia y susurrar a una desconocida en el metro “que bien te sienta el negro” es un piropo que libremente y con una sonrisa deben acoger. Vamos a cuestionar a las víctimas, vamos a preguntar como vestían, porque iban solas, porque no corrieron, o porque no estaban en casa con su padre o su marido aquella noche la supuesta violación.
Vamos a hacer bandera de los eslóganes feministas, vamos a decirles a nuestras hijas que “mujer bonita es la que lucha”, porque han nacido para ser bonitas, para gustar, para complacer, para ser agradables, para ser amables, para gustar a los hombres (por dios, que mi niña no quiera gustar a ninguna otra mujer), vamos a enseñarles a cocinar y a ser pacientes para tener un buen marido, y vamos a llamarnos feministas aunque no tengamos ni idea de cómo programar la lavadora.>>

El privilegiado, el que siempre ha sentido que su pene-con-vida-propia decidía el curso de la historia se ve amenazado y necesita de las mujeres y de nuestra lucha feminista para revertir nuestros logros. La polémica del burkini es un instrumento más de la crisis que acontece el status quo heterosexista -normativo- y patriarcal.
Los feminismos defienden que el cuerpo de la mujer, que el cuerpo femenino, no es un objeto sexual, que no tenemos que sentirnos culpables de gustar o no gustar, que nuestro cuerpo no provoca nada, que el problema está en los ojos del que mira, en las manos del que abusa. Que nuestro cuerpo es nuestro, solo nuestro, tal y como es, es perfecto.
Entender que la mujer musulmana que se cubre de cejas a tobillo es libre es tan solo un tópico más de la cuña patriarcal y heterosexista que amenaza a los feminismos. Patriarcal porque no se pone sobre la mesa que el hombre musulmán deba cubrirse en público, que el hombre musulmán ofenda a su mujer, a su madre o a su hija por afeitarse la barba o por vestir bermudas. Patriarcal porque impone a la mujer, solo a la mujer y solo a la hija, la obligación de preservar el buen nombre de la familia haciéndole olvidar al mundo que ha tenido la desgracia de ser una mujer, de nacer en un cuerpo de mujer que es menos puro, menos bueno y más amargo que el cuerpo de un hombre. Debe hacerse invisible al resto de hombres, disimular que es mujer, que tiene unos atributos femeninos provocadores de deseos sexuales, porque solo debe gustarle a su marido, como si fuese cuestión de apretar un botón elegir cuando gustar y a quién, y ese botón, como el patriarcado no lo ha inventado (de momento), se cosen burkas, se diseñan pañuelos de colores para que sean libres de taparse el pelo, se les rocía de ácido, se les casa a los 14 años con su violador, se les vende, se les rapa el pelo, se las venda el pecho y los pies, se les niega el acceso a la educación, y ahora se confeccionan burkinies y se venden por internet, porque el patriarcado, si algo es, es capitalista, si algo quiere, es la globalización de sus valores. Es el patriarcado interclasista y univeral el que impone el velo, el burka y el burkini, el que deja que decenas de niñas ardan en el incendio de su escuela antes de permitir que llevarán el pecado de sus cuerpos a los ojos de los bomberos.
Es heterosexista y machista porque se basa en la criminalización de la mujer ante los abusos que contra su cuerpo se cometen (pura cultura de la violación), se las convence del amor romántico y bondadoso entre un hombre y una mujer para que dejen de ser cuanto antes una carga familiar. La mujer es entendida como aquello que da nombre a un cuerpo del que es lícito abusar, como aquel cuerpo hecho por y para la satisfacción del deseo masculino, un cuerpo de delito, un cuerpo de pecado, un alma impura. Pero un cuerpo, al fin y al cabo, un objeto que tiene dueño, que solo puede ser sometido a un hombre si quiere ser un cuerpo respetado, es decir, que la buena mujer que se respeta es aquella que se somete a un solo hombre hasta el fin de sus días. La buena mujer es la mujer sometida a un hombre, propiedad de un hombre. Y sometida hasta el punto o desde el punto foucaltiano de disciplina, de normalización e interiorización del discurso de sometimiento. Sometida porque ella ha elegido someterse, así que como lo ha elegido es una feminista de verdad, una igualitarista que no está loca como las feminazis que no se depilan para hacer topless en la playa.
El Estado es esa construcción moderna que monopoliza la violencia y prohíbe que vistamos burkini en Francia porque cuatro entendidos derechistas, xenófobos y machistas privilegiados relacionan llevar burkini con poner bombas… pero no relacionan poner bombas con coartar libertades. El islamismo radical y violento del Estado Islámico es anti feminista, y les encanta poner en el punto de mira el cuerpo impuro de la mujer, dueña del pecado original, para que sienta que está siendo observada, por ellos al decirle que debe tomar el sol en burkini, y por los gendarmes que le pedirán que sea una mujer más en bikini en la costa azul, como si, libre y voluntariamente, por supuesto, estuviese en el Panóptico. No olvidemos que en España nuestras bisabuelas no podían salir de casa sin velo, y han sido muchas las luchas para dejar atrás la imagen de Doña Rogelia, como para que ahora, al ese oscuro pasado lo llamen libertad.
Y los feminismos observan desde dos frentes la polémica, observa como el hombre privilegiado viste y desviste a la mujer. Cuestiona la xenofobia que se esconde tras una medida contra la diferenciación de las mujeres musulmanas del resto de las mujeres de la República, ¿Qué está pasando en Francia para que las mujeres musulmanas no se sientan ciudadanas libres en las calles? ¿Qué está pasando para que las mujeres musulmanas sean antes que nada musulmanas en las calles de Francia, en las playas de Francia, quieran diferenciarse del resto de mujeres que viven en las calles galas por cuestiones religiosas? Esas son las preguntas que los feminismos deben hacerse.
Necesitamos un feminismo que nos de las respuestas para emanciparnos del patriarcado que nos da la libertad para elegir ser esclavas del sistema heterosexista. Un feminismo para combatir la falsa libertad con la que elegimos lo injusto. Porque eso no es libertad. La denuncia, la lucha feminista, el apoyo a nuestras camaradas sometidas en cualquier parte del mundo no parte de la diferenciación del origen étnico o de clase, nuestra lucha es contra el más cruel y despiadado sometimiento humano, que es el que ejerce el hombre sobre la mujer (que puede estar antes o después de la lucha de clase).
En aquella clase, religión, etnia o nación donde la mujer esté sometida al patriarcado y al heterosexismo, ahí habrá machismo, y ahí será necesario un feminismo combativo que luche por empoderar a la mujer, para que libremente acceda a vestirse y desvestirse, a librarse del pecado original y de la culpa de haber nacido en un cuerpo femenino, en un cuerpo de mujer.

Publicado en Gacetin Madrid

Opinión: El Feminismo no es esclavitud

 Aug 28, 2016