Viajad jóvenes, viajad!

Hoy el Parlamento Europeo debate la aprobación a propuesta del los populares de obsequiar a todos y todas los jóvenes con un billete de interrail al cumplir 18 años.

Tras la medida italiana de los 500€ a los jóvenes para gastar en cultura, los conservadores se suman a esta popular y nada redistributiva política pública.

Las jóvenes aplaudimos esta medida, es una oportunidad inmejorable para conocer nuestra Unión. Para conocer las ciudades que forman parte de nuestra geografía europea, más allá de los miembros, alcanzaría a 30 Estados.

Se pretende frenar el euro escepticismo y la xenofobía entre los más jóvenes. Más lo primero que lo segundo.

El Erasmus no es suficiente para hacer Europa atractiva entre los jóvenes, parte de la base universitaria y no todos los jóvenes quieren o pueden acceder a las facultades europeas, no todos los universitarios pueden permitirse irse o les conviene en sus estudios.

Con el Interrail gratuito (aún no sabemos durante cuánto tiempo ni con cuántos países de contaría en el obsequio) se intenta solucionar esta medida. Ahora todos los jóvenes podrán viajar.

Todos y todas?

Una política que no contempla las oportunidades reales. Froilán, el infante de España recibiría gratuitamente un billete de interrail, y también mi hermana, hija de un hostelero con contrato fijo discontinuo. No hace falta que os diga, que para mí hermana, dormir y comer en otra ciudad europea es un esfuerzo para mi familia superior al esfuerzo económico de la familia Borbón.

Partiendo de ahí, de lo poco justa y redistributiva que es la medida, si los equipos nacionales fueran inteligentes lo venderían como una azaña popular que llevaría a los nuevos votantes a las filas conservadoras, porque todos, los adultos a los que ya dan por perdidos, pagarían una medida que puede estar contaminada por un populismo europeísta que esconde intereses partidistas. Es una medida distributiva en toda regla, cuyos costes son difusos porque los asumimos todos, y beneficios solo unos pocos, se concentra en los nuevos votantes. Pero además, con el agravante que no es ni siquiera redistributiva en su conjunto y mucho menos al detalle.

Los adultos trabajan y se pueden permitir viajar (como si no hubiese trabajadores precarios de todas las edades) así que se va a invertir parte de sus impuestos en que viajen aquellos que no han accedido al mercado laboral y que no tienen ahorros o ingresos comparables a los de un adulto medio. Esta es la premisa.

En la Europa de los recortes de las pensiones, se puede abrir un conflicto generacional con esta medida que según medios alemanes citados por El País, el coste sería de 1.500 millones de euros al año. Y que puede que al final no sirva más que para rescatar con dinero público la estructura ferroviaria, en la que Bruselas ha invertido 23.400 millones en los años más duros de la crisis, y planea invertir otros 29.900 en los próximos cuatro. Se pagaría a las empresas de trasporte su cánon por jóven aunque nunca llegase a montar en ningún tren?

Si populista es la medida italiana de regalar 500€ a todos los jóvenes independientemente de sus ingresos, populista fue el cheque bebé impulsado en España por Zapatareo, y populista es el billete para todos del Interrail.

Lo revolucionario es conseguir que todos tengan las mismas oportunidades para viajar. Pero claro, no le vamos a pedir nada revolucionario a la socialdemocracia europea, y muchos menos al grupo popular.

A los jóvenes que creemos en una Europa más social sólo nos queda la esperanza de que se mejore y mucho (que hay margen) la propuesta en su desarrollo, como que se incluya una red de albergues u hostales seguros e igualmente gratuitos, así como puntos de información y de encuentro, o que de una vez desaparezca el roaming.

Medidas que mejoren esta política pública para que de verdad sea efectiva, y la juventud pueda viajar, sin ser un obstáculo económico su procedencia social, pueda conocer nuestra Unión, y estar orgullosa de la construcción Europea.

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Existe una ciudadanía federalista?

Primero diremos, que la ciudadanía europea ante la que nos encontramos no tiene el carácter necesario como para ser independiente y ver una lucha continua entre la identidad de su Estado y la de la Unión. Y segundo, que es muy difícil imaginar federación.

Es el sueño de todo europeísta, poder contar como una de esas historias de viejo en un porche de Ohio:

“y pensar que la Federación de los Estados Europeos era impensable cuando iba a la universidad! y pensar que se ponían la zancadilla unos países a otros!qué había quién se consideraba más ciudadano que otro! incluso que se les ponían los vellos de punta al pensar que los turcos eran europeos!!”

No podemos negar, que es uno de los muchos sueños que tenemos los europeístas.

En mi opinión, la conquista ya no de la ciudadanía, sino del sentimiento está mucho más cerca de lo que se piensan los detractores de la Unión. Lo difícil es que un texto reconozca los derechos, vale que en alguna medida nosotros lo estamos haciendo al revés, con normas adelantadas a nuestro tiempo,porque el reconocimiento de los derechos se suele hacer tras una lucha férrea, de la sociedad civil que en este caso ha sido ligera.

Cuando tu estado forma parte de la Unión Europea y en consecuencia, tú eres un ciudadano europeo -esto no quiere decir que dejes de ser ciudadano de tu Estado, pero sí que tienes “un complemento”-, te dan un pack de bienvenida,  esta es nuestra bandera, éste nuestro himno, esta nuestra fiesta, en este Tratado de aquí están nuestros valores, estudiadlos, porque debes conocerlos para ser un ciudadano europeo de pleno derecho, por cierto estos son tus derechos y tus obligaciones, es muy importante que los conozcas para ser ciudadano activo en la unión.

Y eso sin contar, con qué pasa cuando se ha perdido la ilusión por formar parte de Europa, como en el caso de España, que ha encontrado en el Euro el chivo de todos sus males.
Se nos dispara el corazón cuando escuchamos a los turcos expresar sus ganas por formar parte de Europa, y mientras, en España lo que mejor se recibe de Europa es la Europa League y la Champions League.

¿Qué podemos hacer? Informar, informar e informar. Esa es la clave para que la gente descubra cómo se han hecho sus carreteras gracias a los fondos FEDER, como recoge el aceite de la cooperativa gracias a la PAC, incluso como vamos a viajar desde Barcelona hasta Bremen sin que nos registren las maletas o nos exijan la documentación cada vez que nos apeamos.

En la información está la clave, la llave hacia una Europa que ya es nuestra, somos los jóvenes los que tenemos que luchar por ella, el futuro y buena parte del presente es nuestro. No debemos dejar que se siga gestionando la identidad de una forma que no nos gusta, si queremos que haya información sobre Europa, las redes sociales nos pertenecen, nosotros mejor que nadie conocemos su funcionamiento.

La federación la tocamos con la punta de los dedos, porque sabemos, hemos construido con ayuda de nuestros padres y de nuestros abuelos un Parlamento cada día más fuerte frente a los Estados nacionales, que se defiende no solo de los ataques internos sino también de la competitividad que recibimos del exterior.Contamos con el Banco Central Europeo, y una vez que el carácter económico ha pisado tierra firme, es solo cuestión de tiempo que el resto de elementos de la vida del ser humano se europeícen.

No son más que dos o tres los Estados que se quedan atrás en la aprobación de las medidas que más cambio provocan y que más nos acercan a la idea federalista.

Pues con ellos es con quien se tiene que profundizar en la información, y además en demostrarle que solos nos quedaremos solos, cayendo en la redundancia.

Por lo tanto, la respuesta es sí, sí existe la ciudadanía capaz de llevar a cabo el proceso federalista, pero no será hoy, quizás tardemos unos cuantos años, no debemos olvidar que estamos supeditados a los intereses del mercado. Pero en el futuro incierto la Federación existe.
Y es que no hay más motivo para no querer saber nada de Europa, que el estar acongojado el día entero por los medios de comunicación, de que ahora la Unión hace esto o lo otro, que nunca le va bien a tu país porque allí mansa Alemania y a ti Alemania no te gusta nada.

Pero la verdad, es que no hay europeo convencido capaz de negar la ilusión y belleza que despierta el proyecto federalista, de lo beneficioso que es para la sociedad mundial, de los orgullosos que estaríamos el día de mañana, al poder decir, que nosotros formamos parte de esta Europa nuestra.

Politica ficción: Cosmópolis

Al hablar de la heterogeneidad muchos aluden a la Cosmópolis, al entender que nos estamos convirtiendo en ciudadanos del mundo debido al era globalizadora. No tenemos la necesidad de comprometernos con una comunidad en particular, J. de Santos apunta hacia dos visiones: una visón y un enfoque diferente de la ciudadanía y de la pertenencia, basada en la asociación de los individuos del mundo en torno a un sistema global de derechos de las personas individuales, el denominado cosmopolitismo impolítico. Por otro lado, el político, se basa en transformaciones sociales radicales disolviendo los antiguos órdenes westfalianos por una auténtica sociedad mundial, por una economía global y por la descomposición interna de los viejos estados nacionales y su posterior disgregación en unidades políticas menores entrelazadas regionalmente.

La ciudadanía europea es tan paradigmática que se presenta como el modelo de aplicación de lo que podría ser eventualmente una auténtica ciudadanía cosmopolita, en el sentido de una ciudadanía post-nacional, vinculada exclusivamente a la adhesión a ciertos valores universales, y por lo tanto extensibles en el límite al mundo entero.

La creciente globalización política, económica, social y jurídica ha hecho ganar peso a la conexión, cada vez más real entre la ciudadanía política y la ciudadanía cosmopolita.
La ciudadanía cosmopolita se va configurando como una ciudadanía múltiple, que opera a varios niveles, ¿y como si no se está configurando la ciudadanía europea?

Un fenómeno destacable de la participación europea en el resto del planeta pasa en gran medida por la ex Vicepresidenta y Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Asthon:
“la credibilidad de la Unión Europea depende de cómo interactuamos con nuestros socios mundiales”

Llegados a este punto, tenemos qué está por encima de quién, la embajada de la unión o la embajada del Estado, nos encontramos frente al problema de duplicar, un problema de legitimidad y económico, ya que nadie ignora lo costoso que puede significar mantener una embajada de más.
Siguiendo la lógica, la diplomacia de los estados es la que está destinada a desaparecer, pero cuándo y quienes es un problema que resolverá la Europa de futuro.

La comunidad universal, se basa en unos principios racionales que ha hecho que para muchos no sea suficiente, carece de fuerza motivadora para fundar la cohesión social mínimamente exigible en una comunidad política. No debemos perder de vista que la ciudadanía activa requiere valores colectivos “cálidos” que estimulen solidaridad, la virtud cívica, y el compromiso de los miembros de dicha comunidad.
Pero el problema es que esto solo se ha logrado por medio de las identidades nacionales y de las comunidades particulares.

Se ha argumentado desde varios ámbitos que se puede producir una Cosmópolis, desde el contexto de la Organización de las Naciones Unidas. Se debe promulgar por lo tanto en pro del cosmopolitismo político y del ideal kantiano de la paz perpetua, a través de la actuación inmediata en tres planos básicos, el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

En resumen, se establecería la creación de una segunda cámara a nivel de internacional representativa de los ciudadanos del pueblo democrático de modo directo, y no sólo a través de sus gobiernos, sino a través de la Asamblea General.
Del mismo modo se debe realizar una reforma del Consejo de Seguridad, convirtiéndolo realmente en un órgano ejecutivo y por supuesto se debe suprimir el derecho a veto.
El establecimiento de un Tribunal Institucional para la protección de los derechos humanos con jurisdicción obligativa y universal, sería del mismo modo indispensable.
Esto no se debe entender como una desaparición inmediata o a corto plazo de los Estados Nacionales, si no un paulatinito proceso de disolución, redefiniendo el papel internacional de estos, y articulando una democracia escalonada en varios niveles.

Podemos ir visionando ya los efectos de la globalización, de cómo está todo interconectado y no se da cabida a la huida. No puedes escapar del poder de los mercados, no puedes constituirte independiente del sistema económico que rige desde los intereses de los holstings hasta la nota de corte de las ingenierías. Todo acaba supeditado a un interés económico, y no estás a salvo de sus mecanismos. En mi opinión el sistema que tenemos es el que es porque desde que se llevó a la práctica no ha habido nadie capaz de crear un sistema que confiere totalmente otro sistema nuevo y diferente ya que si cambias el capitalismo debes cambiar el mundo tal y como lo conoces, no es sólo plantear una alternativa, hay que superar al capitalismo para poder escapar de su mecánica.

El continente de la libertad, de la solidaridad y, sobre todo de la diversidad, lo que implica el respeto de las lenguas culturas y tradiciones de los demás. Europa se constituye como la única frontera que se establece es la de la democracia y los derechos humanos. La Unión está abierta a los países que respetan los valores fundamentales, tales como las elecciones libres, el respeto a las minorías y el Estado de Derecho. Deberíamos ser exigentes con esos valores y este concepto de Europa.

Esto quiere decir, que por una parte, los valores fundamentales no pueden quedar reservados al interior de las fronteras de la Unión Europea, por lo que a mi entender, se establecen las bases para la armonización de una sociedad global, y por lo tanto de una ciudadanía cosmopolita que comparte los valores citados. Hemos hecho de nuestro modelo, nuestro original modelo un modelo de gobernanza con vistas a ser global, y por lo tanto a fundar el cosmopolitismo.

La Unión Europea se cristaliza por lo tanto como una potencia que quiere enmarcar éticamente la mundialización, es decir, ligarla a la solidaridad y al desarrollo sostenible.

Europa, modelo de sí misma

El profesor Vallés, en su Manual de Ciencia Política: una introducción, ese libro que todos los politólogos en potencia compran su primera semana en la universidad, describe la confederación, no la considera una modalidad o tipo de estado, consiste en una agrupación de estados que existen previamente y que deciden por voluntad propia de forma mancomunada sobre un ámbito más o menos de acción política, como los son las relaciones exteriores, defensa, moneda y régimen de aduanas.

Cualquier decisión debe tomarse en la fiel conformidad de todos los estados miembros de la confederación, si no se presenta unanimidad la decisión no es promulgada. El órgano de gobierno suele denominarse Consejo, reuniendo a representantes de cada estado. Esto ha provocado, que la toma de decisiones no sea un camino fácil, y consecuentemente las confederaciones se presentan como poco estables y dadas a la desintegración, o por el contrario a una mayor integración.

Quines defendemos que la Unión Europea cuenta con un modelo único y que no responde a ningún otro lo demuestramos, al comprobar que los Estados no se tratan de igual a igual, y que se está llevando a cabo un modelo de representación poblacional.

Al hablar de qué ha ocurrido con las confederaciones hablaremos de tres ejemplos: dos que se han resuelto con lo que consideramos un éxito, es decir, con una federación, y uno que ha resultado con la disgregación y prácticamente una relación de odio entre los integrantes.

Las trece colonias norteamericanas al declarar su independencia de la metrópoli inglesa, no se constituyeron en la federación de los Estados Unidos, pasaron antes por la Confederación.
No fue hasta 1778 hasta que se redactó la Constitución en la que se establecía la Federación.

El país europeo neutro por excelencia, Suiza sigue hoy en día conservando la denominación de Confederación Helvética, aunque desde 1848 es un Estado Federal.

El caso fallido, el de la Confederación que se formó tras la disolución de la URSS, ha dado como resultado un duro enfrentamiento entre los países que la conformaban. Sobre todo con respecto a la alineación de países pro-rusos frente al resto europeísta. Estuvieron sometidos a un control férreo de Rusia, una opresión tácita al deseo de Moscú, como es el caso de Bielorrusia.

Cuando hablamos del futuro de Europa debemos pensar en la futura ampliación de la misma, dentro de muy poco seremos la Europa de los 30. Esto aportará todavía más diversidad al proyecto de la ciudadanía, pero ¿podrán formar estos estados tan diferentes la política común de la esferapública? ¿Serán capaces de desarrollar el sentimiento de ser europeo a costa de perder su identidad? ¿Compartirán estos europeos los mismos valores e intereses? ¿Será esta la unión capaz de vencer el poder de los mercados?

Con la tesis de Morin sobre lo que se considera como punto de llegada en la construcción europea a un momento de “comunidad de destino”. En ese ideal encontraríamos el fermento y el cimiento, si no de una unión europea, al menos de una unidad meta-nacional, no solo confederal, sino incluso federal, que tendría a su identidad, su unidad, su querer vivir a pesar y a causa de todas las identidades étnicas y nacionales que contuviera.

Pero el reto aún no cubierto de la construcción europea apunta justamente a “superar la vieja idea herediana del Estado-nación como la más alta expresión de la vida nacional”. El universalismo democrático se conjuga con los parámetros de una identidad posnacional, en el sentido de adhesión voluntaria y autónoma a un proyecto político de signo pluralista. Un universalismo democrático haría entonces viable la idea de un gran público. Podría ser una
sociedad cívica pero sería una sociedad de ciudadanos que se cohesiona por la defensa de sus interés y que por lo tanto en la práctica de la valores es donde se identifican, El Estado de derecho o Estado de libertades y la democracia son los valores que se defienden en la práctica como compromiso moral.

Tenemos que ser conscientes de que no se busca ni mucho menos la unión de Europa, y que los dirigentes más europeístas estarían bien dados por satisfechos si se consolida la federación, nunca se ha tenido la pretensión de unificar a Europa en un solo Estado.
Por lo que Europa, construye su propio patrón.

Una Europa joven

Tenemos en nuestras manos el futuro de la unión, eso no es ningún secreto, tanto por activa como por pasiva llegará un momento en que ya no puedan considerarnos el futuro y protagonicemos la esfera política.

Pero todavía tenemos mucho camino por delante, el tiempo corre en nuestra contra, y debemos aprovecharlo al máximo para formarnos en vistas al protagonismo que adquiriremos.
Somos receptores de políticas públicas europeas, desde el InterRail hasta el Espacio Europeo de Educación Superior.

Debemos ser conscientes de que somos el centro de muchas de las políticas que se forman desde Bruselas. Somos unos auténticos privilegiados en Europa. No sabemos lo que es sufrir una Europa hostil, el camino ya ha sido prácticamente allanado. Somos los que recibimos el legado, contamos con una formación en materia europea muy por encima de la que recibieron nuestros, padres. Por ello, somos los que mejor conocemos como movernos y disfrutar de nuestra condición de ciudadanos.

No hemos conocido otro pasaporte más que el europeo, no sabemos que no es formar parte de la Unión. Los jóvenes sobre todo los más jóvenes, apenas recordamos que es parar en la frontera, cambiar la moneda, etc. Del mismo modo que tenemos la posibilidad de disfrutar de programas como los Erasmus, Sócrates, Leonardo, etc., y viajar con múltiples becas por Europa. Somos en definitiva la generación más europeísta y europeizada.

Así, coincide con la opinión de muchos, y por supuesto la mía, de que los jóvenes tenemos la empresa de luchar por la construcción de una Unión Europea que nos reconozca y nos posibilite como ciudadanos sustantivos. En nuestras manos está el desarrollo de una cultura europea, debemos argumentar una ciudadanía política participativa. Lo haremos como se ha hechos siempre, a través de la promoción de la información y del asociacionismo, con organizaciones más participativas y menos endogámicas.

Así es como los jóvenes debemos cobrar el protagonismo y saltar al escenario político, plantear nuestras inquietudes, porque se debe dejar atrás de una vez el paternalismo y el “no cuentas con la experiencia necesaria”, porque si nos falla la experiencia contamos con las ganas, con la vitalidad, y con la formación necesaria para conocer la Unión Europea.
Para la presidencia española de la Unión europea, se organizó a través de las redes sociales un “concurso” para definir la ciudadanía europea, así como jornadas de lectura de la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE.

Algo que debemos capitalizar los jóvenes es la lucha contra los elitismos, y esto, como ya hemos apuntado es necesario sobre todo en esos momentos en los que se observa un distanciamiento de la unión de sus ciudadanos al estar vistas las instituciones como un estructura jerarquizada y fundamentada en un carácter de privilegios.

Destacamos en este punto el Libro Blanco de la Juventud, con el subtítulo de “un nuevo impulso para la juventud europea”, es representado como el primer paso para el reencuentro de los jóvenes y la Unión.

En definitiva, los jóvenes nos encargaremos de heredar y promulgar los deseos de una federación europea, de una convivencia de los estados europeos que se expresó de la mano de Monnet.

Una de las experiencias más recomendables para los jóvenes es el InterRail, y puede ser merecida después de enfrentarse al Espacio Europeo de Educación Superior. Que tras años de implantación te subes al InterRail y ves ue de homologación de contenido académico poco.

El denominado Plan Bolonia se ha demonizado, en mi opinión de forma exagerado, es un proceso costoso, para el que las arcas públicas no tienen presupuesto, las clases de grupos reducidos suponen mayor contratación de profesores, algo que no se ha producido, y nos encontramos los estudiantes de grado con noventa compañeros de clase, y los profesores se encuentra a su vez, con que deben promulgar un sistema de ejercicios prácticos que son incapaces de corregir.

Los españoles le vamos a sacar partido al InterRail y a nuestro título de grado del EEES porqué según el Eurobarómetro de 2014 somos los más pesimistas con la economía nacional, un 58% planea irse y aprovechar Schengen y su pasaporte europeo.

Extracomunitarios en Europa

Volvemos a citar, ya por tercera vez, el dilema europeo, qué se nos está pasando por la cabeza para considerar viable una Europa democrática que se defiende a través de políticas que significan la exclusión de la vida política, por no decir de los derechos sociales y civiles de todo aquel que no haya nacido en un Estado Europeo.
Me ha llamado especialmente la atención cuando en el libro “La ciudadanía Europea”, en la página 42, se pude leer:

El Tratado de la UE establece una base político-legal de “ciudadanía europea” pero entendida únicamente como un complemento de la nacionalidad. Es decir, solamente son ciudadanos europeos los nacionales de un Estado de la Unión de este modo, obtienen algunos de los derechos en el conjunto de los Estados de la Unión Europea que eran exclusivos de los nacionales.

Resalto la palabra solamente, porque se tiende a ver lo bonito que es ser ciudadano europeo, pero no se cae en la cuenta de que hay excluidos.

Europa no puede vivir, ni pretender hacerlo, en un estrato donde no reconozca que tuvo un pasado como continente de emigrantes (con la actual era globalizadora no ha dejado de serlo), y que se ha ido convirtiendo en el destino frecuente de inmigrantes.

Las corrientes migratorias no pueden frenarse, no le podemos limitar a una persona que escoja donde quiere vivir o done quiere trabajar por el hecho de donde haya nacido, con la escusa de que queremos controlar la economía y la seguridad del país. El control de la inmigración no deja de ser una limitación a la capacidad del individuo para moverse.

Las modalidades según las cuales se definen y aplican las políticas de lucha contras las exclusiones y las discriminaciones constituyen la piedra de toque de la democracia, en un mundo donde la nación autosuficiente no se da en ninguna parte, ni siquiera en las naciones dominantes de la economía mundo.

¿Entones cómo permite Europa que se den discriminaciones con los extracomunitarios? ¿Cómo sigue defendiendo y abanderando un ideal democrático cerrando los ojos a la realidad en la que viven decenas de trabajadores y de trabajadoras?
Cómo es posible que se defienda una gestión democrática, si una parte importante de su población está de entrada formalmente excluida por su estatus jurídico-político. Esta consideración de excluidos favorece la aparición actitudes xenófobas y racistas.

El extranjero se convierte en un excluido, las promesas de cooperación y solidaridad se invierten llegando a tomar la forma de un avión que repatría a los ilegales.

La Unión Europea, reducida únicamente a los valores de rentabilidad-competitividad, ponen en peligro a muchas personas que no son comunitarias, y que por ello viven con el miedo a tener que irse.
Recuerdo de“Las uvas de la ira”, como la familia protagonista, naturales del Estado de Oklahoma, se juegan la vida por llegar al Estado de California, con la idea en la mente de allí se podía ir comiendo la fruta que crecía por los árboles de los magníficos paseos peatonales.

Y de cómo, a lo que se dedicaron fue a recoger melocotones, por una miseria, y que en cuanto los californianos se encontraron con el crack del 29 en las narices, la recogida de melocotones les pertenecía. No es más de lo que ha ocurrido en Europa en el siglo XXI.

Es claramente reconocido por el Derecho Internacional Público, que debe otorgar el mismo tratamiento a las situaciones iguales, pero en el caso de personas comunitarias y extracomunitarias, el segundo debe pelear por un reconocimiento.

Jean Leca, establece una concepción alternativa a la preconizada en el Tratado de Maastricht, que conjugaría el primer modelo de comunidad política incluida con un modelo de comunidad cultural igualitaria y pluralista. Ya que si se entiende como una identidad democrática, ha de configurarse como identidad plural.

Otra razón importante para no cerrar las puertas a la inmigración es el hecho de que estamos viviendo en una Europa ciertamente estéril, desde hace varáis décadas que la curva demográfica decae, y la población inmigrante,es en su mayoría joven, y con pretensiones de tener familia, familias formadas por dos y más hijos, mientras que las familias europeas cada vez destacan más por ser familias con uno o dos hijos. Pero es aquí donde aparece un conflicto de identidad, esos niños que nacen en Europa son consecuentemente europeos, y rompen con la
“homogeneidad”.

De todos modos se han hecho avances en la regulación de las personas extracomunitarias: reformas, para promover la residencia legal, a la movilidad dentro del espacio europeo, como reconoce Schengen, y para pasar de esta a la ciudadanía europea. Al igual que el derecho a prestaciones derivadas de la actividad laboral de un extracomunitario dentro del Unión en beneficio de sus familia, cuando los miembros de ésta sean ciudadanos europeos.

Una Europa alejada de sus ciudadanos

Para entender la alta tasa de abstención en los comicios y sufragios europeos partimos de la decadencia y deficiencia de la calidad y la cantidad de información que los ciudadanos pueden recibir de qué se trata en Bruselas. Europa avanza, pero lo hace como un gigante con los pies de barro.

Al reconocerse la ciudadanía en el Tratado de Maastricht, parece ser que se rompe con un vínculo de exclusividad de la relación jurídico-política entre el Estado y el individuo particular. De manera que los nacionales de los estados miembros mantienen una especie de simultaneidad y complementariedad, basada en el doble vínculo político, la obligación con su propio Estado y la obligación con Europa, un vínculo que comparte con el resto de los ciudadanos de los estados miembros.

La construcción de la ciudadanía Europea no puede quedarse simplemente en el reconocimiento legal de los derechos civiles, políticos y sociales por parte de la Unión Europea. El que un cuerpo de derechos esté jurídicamente recogido, si bien es esencial para la articulación, no genera una ciudadanía europea activa. Simplemente da origen a una ciudadanía formal, es decir, a una ciudadanía pasiva, reducida a la pertenencia a una entidad supranacional que reconoce sin más, una serie de derechos pero que no articula necesariamente el mecanismo para el ejercicio de esos derechos.

Se debe por lo tanto promover la construcción de una ciudadanía sustantiva, un cuerpo de ciudadanos que se interesen por la participación en la toma de decisiones. Se debe buscar y encontrar cuanto antes el modo de que la ciudadanía europea se active como sociedad civil conocedora de sus derechos y defensora a ultranza de ellos.

Además de la falta de la opinión pública europea, de asociaciones que traspasen las fronteras de los estados, lo más destacable para los politólogos es como los partidos que se hace llamar europeos, en opinión de mucho no lo son.
Veamos porqué, el Partido Popular Europeo o el Partido Socialista Europeo, comparten el nombre de los partidos (en muchos casos, poro no en todos) con los partidos nacionales por cuestiones relativas a la creación de los mismos, mucho antes de que se pensara en una Europa Unida. Con esto quiero decir, que estos partidos son el resultado de alianzas entre partidos de corrientes ideológicas similares de cada Estado, las partes han sumado el todo.

El objetivo de la democracia es la participación ciudadana, y en Europa todavía no se ha logrado concienciar a los ciudadanos de que tienen en su mano gran parte de la legitimidad del proyecto, un proyecto que se puede perder si no se consigue desarrollar plenamente una cultura de política participativa.

La única forma posible de que los individuos comiencen a participar en el proyecto europeo es que se sientan parte de él. Así es como pueden empezar a pensar en dedicar tiempo a Europa. Este es un aspecto racional según el cual, una sociedad debe ser justa para que sus miembros perciban su legitimidad, y su aspecto de sentimiento en tanto que la ciudadanía refuerza los lazos de pertenencia y de identidad.

Para el acercamiento entre Europa y sus ciudadanos, basta pensar en el principio de subsidiariedad. Esto quiere decir, la implicación de las ciudades en el proceso de la configuración de la ciudadanía europea.

Esto es debido primero a una razón histórica y que da sentido al término. La segunda es una razón social, ya que se requieren unas instituciones que
materialicen los derechos y consecuentemente los hagan realidad en la proximidad, es decir, a través de las ciudades y de las regiones. Y por último existe una razón política, ya que las autoridades locales están doblemente legitimadas: representatividad política y proximidad. Son mucho más capaces que cualquier otra de contemplar el día a día de los ciudadanos, y así argumentar el itinerario de derecho y deberes que podrían formar parte de la ciudadanía europea.

El carácter contingente de la ciudad no solo se debe a sus méritos propios, sino que como se reitera en la Ciencia Política y en las Relaciones Internacionales el Estado se ha vuelto demasiado pequeño debido a la globalización, y demasiado grande y fragmentado con el desarrollo de sentimientos de identidad local.

De todas formas, cuando se realizan los Eurobarómetros con la pregunta de si es beneficioso para tu país que forméis parte de la Unión, la mayoría de los encuestados responden positivamente.

Sobre todo es digno de resaltar, la falta de un proyecto político-ideológico movilizador y legitimador y unos referentes institucionales y jurídicos, que proporcionen el ámbito de desarrollo de la ciudadanía europea. Incluso cabe destacar, que dentro de los denominados Europeístas, cada uno tira para un lado, que si Estado Democrático Liberal y que si un Estado de Bienestar, la disputa sobre qué camino tomar deja sin dibujar las líneas del camino para la construcción de la federación, sin asistir al principio de ciudadanía.

Receta para ciudadanía a la europea: el otro

Hay una fuerte presión de las ideas, de marcar como ya hemos apuntado las diferencias ante el miedo a la “invasión”, y en este miedo no solo se expresa el rechazo hacia lo no comunitario, sino que la xenofobia europea se extiende también hacia considerar inferior al nuevo europeo.
Qué queremos decir con esto, pues que la construcción de la identidad europea se ha ido formando desde hace bastante tiempo, y que la construcción como ya hemos apuntado se ha hecho por medio de la afirmación de una identidad frente a las otras, y estas otras, con las sucesivas ampliaciones de la Unión han pasado a ser también parte de las nuestras. Un
proceso que crea confusión en quién soy yo y quién es el otro. Ya que en mi opinión, debe pasar un tiempo hasta que el recién llegado deja de ser considerado no tanto ya diferente como inferior, y se crean capacidades para entenderle igual al resto de los ciudadanos europeos.

Este es desde mi punto de vista el caso de Turquía, que lleva media vida tocando a la puerta de Europa, no podemos negar que muchísimos de los que ya se consideran europeos no consideran a los turcos con las mismas características que ellos. Y dadas las expresiones xenófobas que asolan Europa, me veo en la triste situación de reconocer, que aunque defiendo la entrada de Turquía en la Unión precisamente por la aportación a la heterogeneidad, se debe hacer un largo proceso, que no será nada fácil, de tolerancia y no discriminación hacia la población turca.

Se ha ido conformando un fuerte proceso de posicionar la identidad europea frente a la identidad que creemos que comparte el norte de África, y ahora será una difícil empresa deshacer el camino para que se pueda ver a los turcos como europeos.
Entramos también en el debate de que va primero: que se desarrolle un sentimiento europeo, el cual por cierto todavía no está definido, para solicitar la entrada en la Unión, o que se entre a formar parte de la Unión y que una vez dentro se desarrolle el programa identitario. Porque entonces ¿cuánto tiempo hace falta para que los ciudadanos de un Estado que acaba de entrar en la Unión desarrollen ese sentimiento?, un sentimiento, que como ya hemos dicho, muchos de los veteranos de la Unión todavía no tienen claro.

No debemos irnos muy lejos para ilustrar el fenómeno de rechazo social hacia el inmigrante, aunque casi no tenía sentido político cuando sucedieron los terribles acontecimientos en el pueblo de El Ejido, aquellos momentos de tensión que se percibían por televisión me hacían pensar que algo se había torcido, dejaron a la opinión pública, tanto española como europea atónita, al comprobar cómo se estaban dando unos fenómenos que se creían erradicados de la vida europea. Porque se rompió la regla de lo que Balibar considera la diferenciación entre las políticas liberales democráticas y las políticas conservadoras o reaccionarias, basadas en esencia en la manera de alinearse frente las discriminaciones étnicas.

Ya que en el trágico suceso de el Ejido, se formaron frentes contra la población inmigrante (principalmente marroquí) indistintamente del color político de las gobiernos municipales, desde Adra hasta Roquetas del Mar.
Pero nos seguimos echando las manos a la cabeza cuando obseramos la manera en la que tanto Francia como Italia despachan a los ciudadanos rumanos que deciden residir en esos países, que no debemos olvidar que son comunitarios y sin embrago son subidos a un autobús hacia su país de origen. ¡Y queremos que acepten a Turquía! ¡Y dar asilo a los sirios!

Hay un severo impedimento para definir la identidad de la Unión Europea, ésta se ha ido basando en unos ideales, que no son únicamente europeos aunque por lógica, se han germinado en el viejo continente. Es decir, que los ideales de democracia, libertad, derechos humanos, tolerancia, y laicidad, traspasan las fronteras europeas, es más, se propugnan muchos de ellos a través de la Organización de las Naciones Unidas. Si ponemos estos valores como requisito para ser europeo, nos daremos cuenta de lo que denominados nuestra cultura está mucho más extendida que nuestras fronteras. Deberíamos abrir por lo tanto las puertas de nuestro idílico mundo a todos aquéllos que compartan nuestros valores. Y por supuesto que este no es el fin de la construcción de la identidad europea, que su sentido recae en que sea europea e identifique a los ciudadanos dentro de las fronteras de nuestra Unión.

Para cerrar con este punto, es de extrema urgencia si se quiere lograr una definición de la ciudadanía con la que los ciudadanos se sientan identificados, que éste se convierta en el centro de la Unión Europea, que se construya una identidad europea capaz de generar a su vez una sociedad civil europea.

Esto pasa por una mejora drástica del sistema de información, se debe atraer al ciudadano, se le debe construir una Unión Europea que llame la atención, que se vea necesaria para el ciudadano no solo por motivos mercantiles, creando así los pasos para una ciudadanía cada día más activa que se muestre por lo menos, enterada de los programas adoptados, y si ya se consigue que salga beneficiado, pues mucho mejor.

La ciudadanía la debemos entender como un atributo que se reconoce por que ha sido otorgado por el Estado, pero que además está basado en la hipótesis según la cual los ciudadanos comparten valores y normas de comportamiento que permitan una convivencia y nos dota de una identidad colectiva específica.

Receta para ciudadanía a la europea: las adversidades

Desde un tiempo atrás se ha establecido un desiderátum por concretar la ciudadanía europea. De repente parece queexista una urgencia atroz por investigar este pilar de los procesos democratizadores. Se apunta a que han sido los cambios políticos y sociales de las distintas naciones occidentales los que han despertado el debate sobre la ciudadanía.
Para Ree nos debemos al debate sobre el Estado de Bienestar, y más sobre el restablecimiento del lazo entre la ciudadanía política y social.

Para de Lucas se debe encortar un substrato, un alma para el proceso de integración europeo que acerque al ciudadano. Es impensable que sin la capacidad para construir el imaginario europeo colectivo, exista la comunidad. Nadie dijo que fuera fácil. ¡Estamos hablando de Europa señores!

El viejo continente resume su historia en la historia de un continente hostil, no será fácil con la abismal disparidad de la identidad y de las nacionalidades. PerobEuropa hace mucho que dejó de constituir el mundo por completo, incluso puede perder el carácter de ser lo mejor del mundo -si creemos que alguna vez lo fue-.

El ex comisario (y también ex socialista para muchos) Almunia defiende que es impensable una Europa fragmentada, capaz de frenar la crisis individualizada. Y comparaba la situación de los Estados que han sido intervenidos (rescatados) desde laUnión Europea, con los Estados que no pertenecen a la Unión y ha hecho frente por ellas mismas, siendo en su opinión mucho más graves las consecuencias para la población:

¿Qué sería de cada uno de nosotros, de cada uno de nuestros países si no tuviésemos la Unión Europea, que sería de todos estos habitantes sin el Euro?, Grecia tendría una crisis de dimensiones descomunales. Si no estuviésemos unidos, si no tuviésemos el euro y las políticas que acompañan al euro, la solución de los problemas griegos, sería extraordinariamente más difícil. El precio que han tenido que pagar los ciudadanos de Islandia, por tener que pagar su crisis e intentar resolverla ellos solos, en vez de poderla resolver en el conjunto de la Unión, ha sido inmenso.
Hasta el punto de crear problemas políticos muy serios, desde el punto de vista de la estabilidad de Islandia.

¿Podríamos decir entonces que la identidad de la unión europea es la identidad de la unión ante las adversidades?
Primero una unión para contrarrestar los conflictos bélicos que asolaban el continente desde tiempos inmemorables, unirse para ser más competitivos, y unirse para que la crisis no acabe con nosotros.

Debemos contar no obstante, con las identidades nacionales de esta Europa nuestra, si son las que dividen y enfrentan a Europa. ¿Qué solución le damos al problema?
Como apunta de Lucas no podemos basar la identidad europea en una esatzidentität que sustituya por completo a las “subidentidades” y a las identidades de los Estados, creando así una identidad posnacional de aquellas que anunció Habermas.

El problema que está sufriendo la identidad europea es que se ha convertido en la identidad de las élites, hemos llegado al momento en el que solo hablan de Europa los eurodiputados, nadie sabe a ciencia cierta si cuando el Ejecutivo anuncia, “desde la comisión europea me han recomendado hacer tal política y la debo seguir”, de verdad le han dicho algo a este señor en Bruselas o lo que ocurre es que se quiere quitar las responsabilidad de una gestión para nada popular.

Otra característica de la identidad europea tal y como se está desarrollando, no desde el proyecto que se gesta en las comisiones, si no lo que cada persona siente, es que se construye una identidad frente al otro. Y en cierto modo, esta es la única forma de formar una identidad europea, desarrollar un nacionalismo y un cierto patriotismo. De acuerdo con Walker Connor, el patriotismo representa una adición emocional al propio estado o país y a sus instituciones políticas; y el nacionalismo es el sentimiento hacia el propio pueblo, es decir, al propio grupo etnocultural. A partir de esta formulación, parece acertado pensar que es mucho más fácil que se desarrolle patriotismo europeo a nacionalismo, podemos idolatrar a las instituciones, pero es mucho más difícil, casi imposible hablar de los habitantes de Europa como pertenecientes al mismo grupo etnocultural.

http://www.elnuevofederalista.eu/receta-para-ciudadania-a-la-europea-las-adversidades

Receta de ciudadanía a la europea: la identidad

Aunque partiendo de la difícil definición que tiene el término cultura, no es una falacia argumentar las tremendas diferencias que existen entre los veintiocho estados. Se está acudiendo al miedo como un factor clave para desarrollar el proyecto social y político (recordemos a Maquiavelo y a Hobbes), se desarrolla por lo tanto un miedo desde los europeos a ser invadidos por extranjeros hostiles, que procurarán la desnaturalización y la pérdida de identidad de Europa. ¿Pero qué pérdida de identidad? Ahí está la cuestión, no hacemos valer nuestra identidad hasta que no la vemos amenaza. Se constituye por ello una identidad defensiva, reaccionaria y esencial, puramente excluyente, holista y estática y totalmente incompatible con la legitimad democrática. Volviendo a caer por lo tano en el dilema europeo. Se empieza a promulgar una concepción elitista de la cultura europea, como la mejor cultura, la cultura superior, la cultura que es sinónimo de civilización. La ideología de la diferenciación se convierte en un fundamentalismo y en un racismo cultural de los definidos por Stolckey Todory.

La exclusión del otro, se convierte en el mismo modo en la tesis nazi de los Gemesichftsfremde, retomada en la doctrina del derecho penal del enemigo.
Pese a lo presente, siguiendo a Étienne Balibar no podemos caer en la tentación de diferenciar entre un nacionalismo bueno y un nacionalismo malo.

Se debe desarrollar una identidad europea, pero en el marco de solidaridad y cooperación con el resto del planeta.
Identidad europea no puede ser sinónimo de las grandes culturas del continente, también constituyen la cultura de Europa minorías del arte bizantino y el cine bosnio.

La ciudadanía europea, como ya hemos visto, no puede constituirse como una ciudadanía que haga desaparecer el resto de sentimientos nacionales, la creación de la verdadera identidad europea pasa por que seamos capaces de sentirnos parte de un espacio común que lo integremos todos lo Estados miembros, y que por ello es heterogéneo, se entremezclaran las nacionalidades, culturas y creencias. Pero esto solo es posible si se entiende que se debe dar margen al proyecto de la diversidad y de la convivencia, y frenar la defensa de la esencia nacional y el miedo a dejar de ser menos catalán por nacer en España, y menos catalán todavía por formar parte de la ciudadanía europea. Debemos tener siempre por delante que la riqueza de Europa es su variedad, y esta variedad es la que constituye la idea de la ciudadanía europea, el proyecto de convivencia, de respeto, cooperación y solidaridad.

El problema de la ciudadanía Europea no debe entenderse en tanto por el carácter diverso, como por el afán homogeneizador, porque ahí está el gran error, en querer homogeneizar y no respetar la heterogeneidad. Se intenta crear una ilusión de una nación homogénea que para nada se corresponde con la realidad, y entonces es cuando aparece la quiebra y la desaparición de toda coherencia.

K. Preub solo ve posible la sólida consolidación de la ciudadanía europea si se parte de una base en la que los criterios de nacionalidad de cada uno de los estados miembros sea abandonado. Ya que al incrementar los derechos supranacionales se crea un lazo de igualdad entre individuos que disfrutan de los mismo derechos y que estarían por lo tanto protegidos bajo la misma ley. Ese lazo es el que puede constituir finalmente el estatuto de la ciudadanía comunitaria.

Acudimos a observar la cultura europea como una herencia étnica específica, basada en marcadores privados, en símbolos y productos que poco a poco hemos hecho comunesma todos nosotros. En un mundo global es insostenible seguir defendiendo la propiedad de tal o cual característica, los inventores y los intelectuales de hoy en día pueden ser hijos de matrimonios mixtos, haber viajado por países de los denominados exóticos, trabajar con gente de un país y de una cultura totalmente distinta a la suya, empezar un estudio norte y llevarlo a la práctica en el hemisferio sur, y entonces ¿Qué nacionalidad tiene ese proyecto?, ¿qué país se apuntará el tanto?

Podemos hablar de una identidad europea que debe ser el resultado de una sistema jurídico- político, como apunta de Lucas, que se base en una idea capaz de regular la multiplicidad social y cultural. Podemos encontrar una claro signo de identidad cultural, basado en la idea de la crisis, en la capacidad crítica, de revisión y de diálogo que se ha desarrollado en Europa, nos hemos vuelto abiertos, dinamizadores y evolucionistas. En cierto modo este es el legado de la Ilustración, vemos claramente como a este lado del Atlántico y en este hemisferio se ha creado la capacidad técnicas interna para cuestionar nuestra propias instituciones, en nombre del debate razonable (desde hace poco, porque los métodos no tan razonables presiden la historia europea).

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