Tobilleras para terroristas

Durante el pasado verano las órdenes de protección a mujeres víctimas de violencia de género se han incrementado en un 16’1%. Por este tipo de protección a la mujer se engloba no solo la orden de alejamiento, también se prohíbe cualquier canal de comunicación, la suspensión del permiso de armas, arresto domiciliario, prohibición de regresar al lugar de la agresión, incluso medidas privativas de libertad.

Tras muchos años escuchando en las noticias, como la víctima X, Y, Z, había interpuesto denuncia y el agresor se saltó la orden de alejamiento, yo me pregunto para qué sirven en realidad.

Desde que el terrorismo de ETA pasó página, miles de escoltas se han buscado la vida siendo ahora, incluso de forma altruista, escoltas de mujeres que viven con miedo a que a pesar de todo aquello que representa el documento judicial, le espere su agresor en el portal.

Entiendo que un político tenga un escolta para prevenir un atentado contra su persona por la posición política que representa, tiene una amenaza real de agresión, y no le pone cara a su agresor. Puede ser víctima desde una banda armada que lleve planeando meses el atentado hasta un competidor político que decida ascender rápidamente.

Pero no se entiende la utilidad de estas medidas de prevención cuando una mujer pone cara, nombre y apellidos al agresor. Si se identifica a un terrorista que planea un atentado, o que incluso, ya ha sido detenido por manipular explosivos o difundir el ácido mensaje por la red, se le investiga, se le pone a disposición judicial, se le ofrece un juicio justo y es condenado.

Pero a un maltratador se le pide que se porte bien, le deje su espacio y no le pegue a la mujer que lleva meses, años, atormentando. Se confía en que no irá allí donde le han dicho que no debe ir. No se investiga atendiendo a la violencia sistemática que padecen las mujeres, no se le pone a disposición judicial con las medias oportunas, no se le ofrece un juicio justo a la víctima, y no es condenado el agresor. Simplemente parece que como el problema lo tiene con una única mujer, basta con que esa mujer este protegida de él. Como si se le pidiese a un terrorista que amenaza al Presidente del Gobierno que de Príncipe Pío a Ciudad Universitaria ni se acerque.

tobillera

Y son ellas, las que deben vivir con miedo a encontrarse con su agresor. Con un agresor que ha sido probado, ya que sin este paso previo no hay medidas cautelares ni medidas de protección. Esa mujer sabe que los investigadores y jueces de guardia saben que ese hombre la maltrata, y aun así, su mayor protección es un escolta para evitar que la apuñale por la calle, un pastor alemán o simplemente una pulsera que pita cuando está cerca (hay cerca de 3.000 dispositivos disponibles y sólo están activos 248), una pulsea que puede salvarle del abismo tanto como la power-ballance. He llegado a conocer a hombres orgullosos de su tobillera por GPS, porque él no es de los que las matan. Él tan solo vive su vida, firmando algún día en comisaría, y sin poder llamar por teléfono a una mujer que no quiere ni verle. Sin ser observado por un extraño en su casa, en su trabajo, o en la acera del colegio.

Como si ella fuese la culpable de la ira del agresor, y tan solo con evitarle volviese todo a la normalidad. Como si tan solo con cambiarse de ciudad y de corte de pelo pudiese dejar de tener miedo. Contamos con un sistema jurídico penal garantista enfocado a la reinserción. Pero solo el 1% de los maltratadores que no ingresan en prisión son condenados a un programa de tratamiento de intervención. Los agresores presentan una tasa de reincidencia en torno al 21-35% según le preguntes al agresor o a la víctima respectivamente. Y sin condena no hay posibilidad de reflexión, incluso con ella el 40% de los maltratadores niegan haber cometido un delito.

Por no hablar, que tan solo el 7’4% de los casos con hijos e hijas incluyó entre las medidas de suspensión la guardia y custodia, y un ridículo 3’1% representa suspensión del régimen de visitas.

Por lo que de nuevo, encontramos absurdeces en el protocolo. Un hombre en el que confías en que no se vuelva a acercar a la mujer a la que maltrata de forma probada con principios indiciarios suficientes para el juez, cuenta con plena confianza para que sus hijos y sus hijas, no corran ningún peligro, que ellos no serán víctimas de la misma violencia, o que no serán un medio para atormentarla.

¿Qué mandamiento gravado en piedra del monte Sinaí se está incumpliendo si un maltratador ingresa en prisión antes de tener una sentencia firme? ¿Cuántas muertes se hubiesen evitado con medidas más punitivas que la simple prohibición de acercarse a la víctima? ¿Cuántos niños y niñas más saldrán del territorio nacional sin consentimiento materno? ¿Cuántos niños y niñas más vivirán el chantaje y la presión misógina de su progenitor durante el régimen de visitas? ¿Cuántas más son suficientes para que no falte ninguna?

 

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